CAZA DE CONEJOS MARIO LEVRERO PDF

Evaristo, the plumber, who is disappointed when he catches empty rabbits with no clockwork inside. Espacios libres by Mario Levrero 3. The City La ciudad. Other stories by the same author Los carros de fuego. Los Profesionales by Mario LevreroLizan 4.

Author:Kekinos Mubar
Country:Timor Leste
Language:English (Spanish)
Genre:Personal Growth
Published (Last):18 July 2019
Pages:363
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ISBN:401-2-41601-655-2
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Laura iba desnuda. III Laura gateaba en el pasto. Ella lo atrapaba entre sus piernas. IV Nos gusta el conejo a las brasas, pero nuestra presa favorita es el guardabosques. Cuarenta guardabosques desnudos colgaron finalmente de cuarenta horcas. Todo el bosque era una masa blanca y nerviosa, peluda y blanda, con infinidad de puntas ondulantes. Luego se lo comen, crudo y hasta con pelos. Es un trabajo agotador y la vigilia es constante. Me destrozo los nervios en esta tensa y eterna espera.

Mi forma de cazar conejos, y no tengo otra, es lo que me ha transformado en un loco. Los hay que parpan, graznan y cacarean; los hay que agitan un trapo rojo; los hay que usan un contador Geiger. Los cree de grandes pechos y ondulantes caderas. Al anochecer, el idiota, agotado por sus masturbaciones, hace sonar largamente su silbato un sonido cantarino y gorgoteante, por la baba mezclada con el aire que sopla y todos nos reunimos en un punto predeterminado y volvemos ordenadamente al castillo.

En primavera les brinda sus frutos, unos higos que bajo la piel delgada son pura leche dulce. Al anochecer, la lluvia cesa. El idiota recoge bolitas de granizo y las mira disolverse en su mano con una rapidez que espanta. Les tiendo trampas. Yo dejo que me expliquen. No saben, ellos, que es una trampa para cazadores. El conejo espera entre los matorrales. El cazador no ve esos ojos rojos, astutos, brillantes, pendientes de sus menores movimientos. El cazador, tomado por sorpresa, queda paralizado y no atina a defenderse.

XIV En ocasiones me gusta pasarme al bando de los guardabosques; entonces se produce un desequilibrio entre las fuerzas, y los cazadores son derrotados con facilidad. Nosotros, los guardabosques, no sufrimos ninguna baja. XV Dicen que van a cazar conejos, pero se van de pic-nic. Los conejos aprovechan los restos de comida. XX Hay quien caza conejos por amor; yo los cazo por odio. Cuando los tengo en mi poder los voy destrozando lentamente.

Los mutilo, tratando de que no se mueran en seguida. Hay otros cazadores que odian a los conejos porque destruyeron su hogar o sus cosechas, porque robaron a sus hijos o mataron sus esperanzas; mi odio es injustificado y atroz. XXII Cuando en el club de caza se habla de caza, y siempre se habla de caza en este club, yo permanezco obligadamente en silencio. Ellos narran aventuras espeluznantes, se exhiben piezas embalsamadas de animales terribles.

No hay nada de esto en la caza del conejo, donde todo se desliza suavemente, amablemente. Vamos a cazar muchachas salvajes, de vello sedoso y orejas blandas. XXVI Desde que los conejos raptaron a mis padres, he perdido el gusto por la caza. Preferimos criarlos en el castillo; a ellos destinamos las mejores habitaciones, que hemos llenado de jaulas apropiadas, y vivimos de esta industria.

XXIX Si bien entre nosotros casi no se habla de otra cosa que de conejos, en realidad nunca hemos visto uno. Dudamos incluso de su existencia. XXX Nunca hubo conejos en el bosque. Son silenciosos, de ropaje negro y elegante. Con gran habilidad comienzan a sacar conejos de sus relucientes galeras. XXXI Con la piel de conejo, convenientemente curtida, nos fabricamos guantes sedosos para acariciarnos el cuerpo desnudo en nuestra soledad.

Los dientes de conejo son maravillosas cuentas para los collares y pulseras de nuestras mujeres. La carne la comemos. Los domingos vendemos estos juguetes en la feria, y con el dinero podemos comprar balas para nuestras escopetas de cazar conejos.

Nadie caza conejos. Por lo general, logramos dar muerte a infinidad de conejos. El sol directo afea los conejos, les quita realidad y gracia. La oscuridad de la noche los vuelve invisibles, inasibles y muy peligrosos. El cebo es, desde luego, una zanahoria.

Se coloca entonces la zanahoria, en actitud procaz, en un lugar bien visible —de preferencia un claro en el bosque—. Los cazadores retienen el aliento e intercambian —mediante signos preestablecidos— silenciosas apuestas en dinero. XLII La fuerza de los conejos radica en que todo el mundo cree en su existencia. XLV El bosque acicateado, profanado y devastado por generaciones y generaciones de guardabosques, se ha convertido hoy en una triste ciudad.

Los conejos han pasado a residir en el inmundo sistema de alcantarillas, y el cazador se ha visto obligado a cambiar sus sistemas de caza, su indumentaria y su sentido del humor.

XLVI Tardamos infinidad de veranos en descubrir que los conejos, en verano, emigran del bosque a la playa.

Ahora optamos por colocarle un par de cartones redondos, uno en el pecho y otro en la espalda. XLVIII Las fatigosas marchas dominicales, al rayo del sol y con la carga de nuestro absurdo ropaje y nuestras armas, nos decidieron por fin a trasladar el bosque al interior del castillo. Aunque el ejercicio es menos violento, la espera no es por ello menos tensa. Pero aunque muchos opinen lo contrario, un bosque no es lo mismo que un laboratorio, y seguimos comiendo gallina y acumulando rencor contra la vida.

Ex profeso he dado referencias muy vagas, cuando no mentirosas, en mis textos. LIII Evaristo, el plomero, cazaba conejos con el soplete. Muy pocos lograron identificar la cita. En la etapa aguda de delirio, sus movimientos son torpes y descoordinados y pierde toda capacidad de raciocinio.

Para que la humanidad sobreviva debe cambiar sus maneras de pensar. Los hombres se dispersaron, se sentaron en troncos o en el suelo, se quitaron las botas, se frotaban y acariciaban los pies llagados y cuarteados.

Todas las direcciones. Luchando contra el bosque. El enemigo verdadero es el bosque. Tal vez nos den por muertos. T vez ellas se hayan casado nuevamente. Hace meses. Algunos no pudieron obedecer. La fatiga, la fiebre. Y el otro enemigo era el silencio. LXX Nunca pudimos salir del castillo. Por temor, por desidia, por comodidad, por falta de voluntad.

Pero nunca nos atrevimos a salir del castillo. Nosotros los cazarnos por deporte, y luego los devolvemos sanos y salvos a su bosque.

Este sonido me irrita y me produce insomnio. Luego de un tiempo, los dedos se acostumbran a su presencia y la van olvidando; pero, mientras tanto, las historias de conejos surgen solas, inexorablemente. Con humildad, de rodillas. En primavera se cubre de flores blancas y grandes. Se dedicaron a imitarlo en sus masturbaciones y globitos de baba y a salpicar a todo el mundo. Al cabo de algunas generaciones adquirieron colmillos, y luego lanzaron un manifiesto de Fe Racionalista.

XC Poco a poco, casi insensiblemente, los conejos pasaron a dominarnos. Nos han cercado en este inmundo castillo, donde nos hacen vivir penosamente. Nuestra otrora pujante y alegre raza de cazadores se ha transformado en una opaca y deslucida caricatura. XCIII Un procedimiento muy eficaz para cazar conejos consiste en descubrir su madriguera y hacer una fogata a la entrada, poniendo algunas maderas y hojas verdes que producen un humo espeso. En efecto: hay conejos que fabrican otras salidas para su madriguera, lejanas e invisibles, y cuando sienten el humo se escapan por ellas.

Daba gusto verlos retozar en el pasto, vestidos con sus brillantes uniformes. Ahora los tiempos han cambiado. Cuando vamos al bosque, de caza, ella se tiende en el pasto y espera que vengan hombres a poseerla. Se lo vendimos a un circo. Fuimos a cazar conejos. Marzo

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