EL BLOG DEL INQUISIDOR LORENZO SILVA PDF

Un apunte del autor En realidad, El blog del Inquisidor es dos novelas en una. Ricardo Senabre, El Cultural. No quiero decir con esto que el resto de sus obras sean malas, de hecho son todo lo contrario, simplemente me sublima la belleza que imprime a las intrigas que desarrolla en catedrales y conventos. Tenemos el testimonio de la primera bloguera, Theresa, que habla del segundo bloguero, el Inquisidor y su novela digital, intercalado de fragmentos de documentos y conversaciones de messenger copiadas y pegadas. Insisto: todo cuanto atiene a la trama es secundario.

Author:Kagajora Mogul
Country:Luxembourg
Language:English (Spanish)
Genre:Travel
Published (Last):23 February 2013
Pages:244
PDF File Size:11.62 Mb
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ISBN:238-8-14862-186-1
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No tema el lector por la posible infidelidad al original. Y tan pronto como las leo, me siento morir. Conozco desde hace tiempo el dolor. La palabra me golpea en mi lengua materna por culpa de mi pereza. De pronto, me he acordado de que soy historiadora.

Poseo, respecto de muchos de los avatares de mi historia, los documentos originales, la voz misma de sus actores. Pero al acometerlo siento que me empujan potencias descomunales e incomprensibles.

De vez en cuando me vienen jirones de sus andanzas y se entremezclan con las impresiones cotidianas, los pensamientos y las preocupaciones del individuo que ahora soy. En cierto sentido, silo pienso con detenimiento, cada instante de mi existencia representa un milagro. No quiero decir que simplemente lo planeara, como tanta gente hace por aburrimiento o capricho, y sin mayores consecuencias. Estaba fuera del mundo, y ni siquiera llegaba a plantearme la necesidad de preguntarme si eso era bueno o malo.

Si me era posible sin mucho esfuerzo, lo esquivaba. Si no, le dejaba hacer. En lo que ha dejado de existir, la inercia es de sentido contrario, va hacia la nada y en ella se sumerge y se regodea. Y lo digo en un doble sentido.

Dicho esto, tampoco quisiera resultar demasiado solemne. Soy inquisidor del Santo Oficio. Por mi parte, prefiero ir al grano. Pero no es quien esta causa instruye proclive a achacar a pintorescos diablos subalternos lo que incumbe al Diablo mayor, que siempre tiene entreabierta la puerta trasera de toda alma humana.

Pero esta tarde tengo una estrategia diferente. Ella me observa como si adivinara que no va a ser un interrogatorio como los anteriores. En su mirada hay ahora una especie de horror. Ahuyento en seguida este pensamiento, que me distrae de mi tarea. Por fuerza ha de darse cuenta de que no contestar en seguida a mi propuesta atestigua sus dudas y refuerza mi poder sobre ella. Pero me repugna pensar en la sola posibilidad de aplicarlo en vuestro caso.

Es para ese otro para quien reservo el suplicio, pero ella no puede leer mis pensamientos y mi velada amenaza la inquieta. Es lista, eso ya lo tengo sobradamente visto a lo largo de todas las sesiones anteriores. Voy a ayudaros.

No contesta en seguida. El tiempo discurre lento sobre su silencio y tras sus ojos de gacela acorralada adivino el ajetreo de su cerebro. Ahora ya la tengo donde debe estar. Pero no siempre cabe evitarlo. Los hombres como yo, en cambio, hemos renunciado a tan sublime senda, porque hay quien debe prestar a la Iglesia el ingrato servicio de asumir labores que en nada predisponen ni contribuyen a alcanzar los altares.

Por eso no temo el juicio de los simples, y no me tiembla el pulso al enfrentarme a las arduas y espinosas rutinas que conlleva mi cometido. No incrementa, sino que minora mi deuda. Muy otro es el caso de mis faltas privadas. Estoy impaciente por lo que se avecina, y ya empiezo a saborearlo. Ese necio quiso acomodar la fe a su debilidad. Me dispongo a ordenar que le den tormento.

A la de tres se rinden los fuertes. El confesor apenas resiste media vuelta. No va a soportar el castigo hasta morir. Ni siquiera va a soportarlo hasta el desvanecimiento. He sido sutilmente despiadado al sostener este parlamento. Confieso que les dije todas esas cosas. Flaco soy, que no hereje. Pero hay unas cuantas cosas que ignora. Cuando vuelve a estar en condiciones de articular palabra, se limita a admitir todas mis acusaciones.

Intimado luego a abjurar del yerro, lo hace sin oponer resistencia alguna. Cada uno estaba fechado, conforme exige el protocolo. Por eso he aprendido a valorar por encima de otras muchas cosas la verdad, aunque desagrade, y en el discurso del Inquisidor todo se mostraba de frente, sin dobleces ni afeites.

Me puse a rastrear por la Red y, gracias a Google, muy pronto di en el blanco. El confesor, Fr. Y, finalmente, llamaba inicuo e injusto al Tribunal de la Fe.

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